El refugio de mis palabras

Aquí se esconde mi imaginación, a la espera de tu llegada

Para mi corazón basta tu pecho, 
para tu libertad bastan mis alas. 
                                            Pablo Neruda.


Me miraba con su perpetuo gesto de desprecio. Detrás de mí se movía la cortina. El aire templado mecía mi cabello. Sus ojos, enrojecidos por la cerveza, no dejaban de enfocarme. Le di la espalda. Me asomé por la ventana. Desde el sexto piso se veía todo minúsculo. Sentí por un instante que me atrapaba el vacío. Me agarré al marco. Aun así, deseé con todas mis fuerzas subirme al alféizar, pues su voz me hacía sentir un vértigo más abrumador que el provocado por la altura.  Y subí mi rodilla, un pie, el otro pie tembloroso y me senté a contemplar la calle.
Llegaba tarde el ajetreo de las personas a mis oídos. Sus miradas no me alcanzaban. Los frenazos, los cláxones, las malas maneras no me tocaban. Alcé mis brazos en cruz. Cerré los ojos. Dejé que la brisa me acariciara un momento. No me importaron los pasos rápidos, ni los insultos que sonaban detrás de mí. Cuando sus manos rozaron mi espalda, me dejé caer.
Mi cuerpo se abandonó sin reparo a un descenso de final fatal. El aire azotaba mi cara con fuerza. El suelo subía rápido.  Dios mío, qué sensación tan agradable y horrible a la vez. Sí, sí, que venga, que me envuelva, que me libere. De pronto, un pensamiento estalló en mi cerebro. Y grité. ¡Mi niña, mi niña! Cerré los ojos, cruzando mis brazos ante mi cara.
No sé si fue el recuerdo de mi hija lo que evitó la desgracia. Sólo sé que cuando abrí los ojos mi cara flotaba a escasa distancia de la acera. Me llevé las manos a la tripa. Noté una patadita. Sentirla viva me animó a impulsarme hacia adelante. Y volé.
Desde mi barriga se extendió un cosquilleo placentero al resto de mi cuerpo. Mi bebé se revolvía inquieta, excitada, me apremiaba a que continuara el vuelo. Le hice caso, cómo no. Mi niña, mi niña bonita quería volar. Y seguí volando, volando…, volaba.
Lo veía todo tan diferente, tan extraño.
Pasé sobre las cabezas de mis vecinas boquiabiertas. Lola, la frutera, me saludaba con la mano mientras reía.
–¡Vuela, vuela alto, nena! –, me decía.
En la panadería se arremolinaron las mujeres, manos en la boca de asombro, enarbolando algunas la talega del pan, jaleándome.  Todas me conocían bien.
–¡Puede volar, puede volar! ¡Vuela lejos, guapísima!
Pero no podía alejarme todavía.
Vi a varias madres que me señalaban con el dedo desde la puerta del colegio.
–¡Mirad, es María!
Empecé a reír, saludándolas con la mano. Entonces vi aparecer, entre el remolino de madres e hijos, a mi morenito guapo. Salía despeinado, carita arrebolada, buscándome con la mirada. Mónica, la madre de su amigo Jorge, se agachó, le pasó la mano por el hombro y me señaló. Mi niño me vio y comenzó a saludarme con los dos brazos sobre su cabeza, riendo sin parar. 
Bajé despacio, alargué mis brazos y agarré sus manos. Lo abracé contra mi pecho. Subí despacio para no asustarlo. Pero mi niño sólo temía al aliento de bar, a los gritos ebrios, a los golpes de paterna vileza. A mi niño no le asustaban las alturas, ni el fuerte viento, ni la potencia de mis latidos.
–¡Más alto, mami, hasta el cielo!
Algunos niños, carteras en la espalda, corrieron por debajo de nosotros, dando saltos y palmas.
–¡Vamos a tocar aquella nube, mami!
Nunca lo había visto tan feliz. Lo agarré fuerte contra mí. Sentí entonces el aroma de su piel, la fragancia de su pelo. Su dulce olor llenó mis venas, haciéndome más ligera. Sus latidos se introdujeron en mi carne, expulsando el veneno de gritos y contusiones. Entonces comprendí que era su vida lo que llenaba mis pulmones. Comprendí que sólo de mí dependía la sonrisa de la niña de mi vientre, que debía seguir subiendo, volando.
Y ascendimos los tres, envueltos en capas de aire de mayo.
–¡No veo nada, mamá!
–Claro que no, cariño, estamos dentro de la nube.
–Pero yo creía que se podía tocar, como el algodón de azúcar.
–No, hijo, el interior de la nube es como la niebla espesa de otoño. Se puede ver, pero no tocar.
–Pues entonces no me gusta, mami. ¡Y qué frío hace! Vámonos de aquí.
Nada más salir de la nube, fuimos conscientes de lo alto que habíamos subido. Se veía todo tan pequeño, tan insignificante, tan hermoso. Lo veíamos todo, desde el prado más extenso al camino más estrecho, desde la ciudad más grande a la casa más pequeña. Nada escapaba a nuestras dilatadas pupilas. Allí arriba, alejada de miradas críticas, me sentí poderosa.
–­­Mami, suéltame. Yo también quiero volar.
Su petición me cogió desprevenida. Me asusté de veras. Pero enseguida comprendí que mi niño también merecía su propio vuelo. También había sufrido y necesitaba sentirse libre. Le miré a los ojos.
–Claro que sí, cariño.
Lo aparté de mi pecho con mucho cuidado, sin soltarle la manita. Estuvimos un rato con los brazos en cruz, agarrados de la mano. Sonreía, mi niño me miraba y sonreía. Empezó a reír, a gritar de entusiasmo.
–Suéltame, mamá.
Abrí mi mano despacio, dejando que sus dedos se alejaran de los míos. Y en cuanto se hubo separado, comenzó a caer en picado, cabeza abajo, con los brazos pegados a los costados. Exhalé un chillido. Antes de que la última nota aguda saliera de mi garganta, mi cuerpo ya caía en pos de mi hijo.
Su risa traviesa me llegó un segundo antes de agarrarlo por el pie.
–¡No, mami, suéltame!
Realizó un quiebro hacia un lado y me dejó con el zapatito en la mano. Su travesura casi me hizo enfadar, pero su risa me aplacó enseguida. Se miró el otro zapato, luego a mí. Le sonreí, guiñé un ojo y nos alejamos descalzos, haciendo gráciles piruetas.
–¡Mira qué bonito, mamá! –exclamó mi querido Adrián, señalando con su dedo hacia abajo.
Aquel prado daba la impresión de estar alfombrado por todas las especies de flores conocidas. Mientras descendíamos, nuestras sonrisas se hacían cada vez más amplias. Volamos a ras de la tierra, absorbiendo todos los aromas que perfumaban el valle. Aterricé como un pájaro de patas torpes. Mis piernas se quedaron detrás del resto de mi cuerpo y caí de boca al suelo. Me levanté, escupiendo tierra fresca, briznas de hierba y pétalos. Me sacudí el vestido, mientras reía a carcajadas.
Adrián corría como un potrillo que descubre por primera vez el monte. Recogía margaritas, amapolas, verónicas, violetas y muchas otras que no sabría mencionar, pero de todas arrancaba una o dos. Sus manos desaparecieron entre el ramo que había conseguido reunir. Caminó erguido hacia mí, mirándome a los ojos. Su cara era un lienzo pintado con polen. Se paró frente a mí. Levantó el ramo y estornudó.
–Para ti, mami.
–¡Qué bonito! Gracias, mi vida.
Me arrodillé, lo atraje hacia mí y lo abracé.
–Espera, espera. Y ésta para la hermanita –dijo, introduciendo la mano por el cuello de su camiseta.
La orquídea brilló como una joya en su mano.
Su gesto contrajo mi garganta. Le besé, mientras la emoción mojaba mis párpados. Las lágrimas bajaron despacio, haciendo una pausa en mi barbilla. Luego, sin prisa por abandonar mi rostro, cayeron sobre el ramo de Adrián.
El viento cambió de dirección. Apartó el pelo largo de mi nuca. Miré la cara de mi hijo, él también lo había notado. Sus fosas nasales se dilataron al percibir aquel olor despreciable que traía la tramontana. Se apartó a un lado para mirar más allá de mí. Sus ojos dejaron de pestañear. Cayó al suelo la orquídea que sostenía.
–No pasa nada, amor mío. Mamá está aquí contigo –lo animé, procurando controlar el temblor de mi cuerpo–. Siéntate aquí y no te muevas, ¿de acuerdo? –Adrián asintió con la cabeza. Le acaricié la mejilla, le guiñé un ojo y sonreí.
Me giré. Su presencia era un mal trazo en el paisaje. Caminaba dando manotazos a mariposas y libélulas, pisoteando a conciencia la hierba. Llevaba la escopeta de perdigones que tanto adoraba. Me señaló con el dedo.
–¡Adónde cojones te crees que vas con mi hijo! –gritó, apoyando la culata en su hombro.
No agaché la cabeza, esta vez no. No aparté la mirada, como en tantas otras ocasiones. Enderecé el pecho, erguí la cabeza y apreté los puños. Él se percató de mi cambio y apuntó. Flexioné las piernas y me impulsé hacia adelante. Cuando el eco de la detonación estalló en el valle, mi mano ya sujetaba el cañón de la escopeta. Cerré con fuerza los dedos e hice añicos el arma.
–¡Jamás volverás a hacernos daño! ¡Jamás!
Lo agarré por el cuello de la camisa. Su cara aterrada reflejaba mi ira. Lo zarandeé. Miré el cielo, luego a él. Apreté los dientes y despegué, provocando ondas en la vegetación.
            Fui girando mientras subía, con su cuerpo tembloroso entre mis manos. No dejé de mirarlo a los ojos. Me vi reflejada en sus pupilas, radiante, sonriente. Y volé bien alto.
–No te esperabas esto de mí, ¿verdad? Ni te lo imaginabas. ¡Maldito inútil! Siempre pisoteándome. Pero eso se acabó. ¿Me oyes? ¡Se acabó!
Era la primera vez que aguantaba su mirada sin temor, la primera vez que no se encogía mi pecho ante su presencia. Oh, qué placer me provocó descubrir que sus ojos eran incapaces de disimular su miedo. Cuanto más insignificante se hacía él, más atrevida me volvía yo. Aproveché para recordarle todo el mal que nos había provocado,  todo lo que sus cadenas herrumbrosas no me habían dejado hacer. Nunca me había sentido tan fuerte. Estaba exultante.
Casi sentí lástima al ver aparecer lágrimas en sus ojos. Pero entonces inclinó la cabeza, interrumpió sus sollozos y comenzó a reír. Estiré los brazos para apartarlo de mí y seguí la dirección de su mirada. Mi tripa sangraba. Siempre había presumido de su buena puntería. Y ahora reía, no paraba de reír.
Llené mi boca de saliva y le escupí en la cara.
–¡Vete al infierno, desgraciado! –Eso fue lo último que me oyó decir antes de soltarlo.
La sangre caliente bajaba por mis piernas. Mi vigor se escapaba a borbotones por la herida. Me llevé las manos a la barriga. ¡Mi hija, mi querida hija! Nueve meses en mi interior y ya no daba patadas. Mi lamento atronador llenó el valle de una aflicción mortal, marchitando las flores y haciendo caer las hojas de los árboles. Mi pena coloreó el valle de sepia.
–¡Adrián! –exhalé su nombre y caí.
Mi visión se atenuaba mientras caía hacia la tierra yerma, dando vueltas descontroladas, confundiendo el cielo con el suelo. Mi vida pertenecía a un destino trágico, cada vez más cercano. Detrás de mí iban cayendo las gotas de sangre de mi hija mezcladas con las mías, produciendo una llovizna carmesí. Esa lluvia sanguinolenta sería lo único que vería de ella. Llena de rabia, lloré y grité. Cerré los ojos con fuerza y dejé que mi último recuerdo fuera para Adrián y mi hijita desdichada. Pensé, ya con el olor de la tierra en mi nariz, que estaba dando mi vida por ellos, que mil veces lo haría… pero sólo una podría. Y proferí mi último alarido.
Entonces, por encima de mi voz, escuché el sonido que produce un proyectil atravesando el viento. Sentí sus dedos cálidos en mi brazo. Percibí el aroma de su cuerpo infantil. Abrí los ojos y vi la cara, enrojecida por el esfuerzo, de mi querido Adrián.
–¡Pesas mucho, mamá!
Mantuvimos el vuelo durante unos segundos, hasta que la presión del agarre de Adrián cedió y caímos, provocando un remolino de brazos, piernas, gritos, flores muertas… y la sirena de la ambulancia.
Una conversación a voz queda atravesó mi inconsciencia. Un hombre mencionaba unos tendederos que habían ralentizado la caída y la lona de un camión que, habiéndose empotrado en el momento justo en un escaparate, había amortiguado el golpe. Una segunda voz, ésta de mujer, aludía a unos testigos que habían afirmado ver a su marido intentándola arrojar por la ventana, pero ella se aferró a sus brazos y cayeron los dos. Volvió a hablar la otra voz para sentenciar que ya no volvería a golpearla más.
Cuando abrí los ojos, la sonrisa del enfermero mitigó el sonido estridente de la sirena. Me dolía todo el cuerpo. Llevaba puesto un collarín. Intenté incorporarme, pero las correas me tenían sujeta a la camilla.
–¡Adrián, Adrián! ¿Dónde está mi hijo? ¡Dónde está!
–Tranquilícese, señora, su hijo está bien. Su hermana se ha hecho cargo de él.
Cuando calló la doctora, noté el movimiento inquieto de un piececito en mi abdomen. Me vi, de repente, envuelta en una mixtura de risa, llanto y contracciones uterinas.

Jesús Mª Rodríguez Ojeda

Imagen: "Manos para volar" 
Nicoletta Tomas Caravia, Madrid 1963

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Sobre el refugio

"Acerca tu silla al borde del precipicio, que voy a contarte una historia", Scott Fitzgerald.

Todos tenemos historias que contar, pero pocos nos atrevemos a escribirlas. Todos tenemos refugios donde esconderlas, pero pocos nos atrevemos a descubrir su ubicación. Aquí te muestro el mío, mi refugio, el lugar donde se esconde mi imaginación.

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Córdoba, Spain
No tengo estudios importantes, pero si una imaginación desbordante. Me he dejado llevar siempre por mi inteligencia emocional, antes que por la que me otorgaron los libros. En parte, porque no tuve más remedio que hacerlo. Los libros de texto no llenarán jamás los estómagos hambrientos.

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