El refugio de mis palabras

Aquí se esconde mi imaginación, a la espera de tu llegada


Chucho se agarraba al volante como si estuviera en la montaña rusa. Tenía la mandíbula tensa, los dientes apretados. Casi no pestañeaba. Se rascaba la oreja a menudo. Su dedo buscaba la nariz en cada semáforo en rojo. Se estaba hurgando cuando se percató de que una rubia lo observaba. ¡Qué pasa, guapa, ¿quieres un poquito?! La chica torció el labio y dejó de mirarlo. Chucho se dio cuenta de que no sólo le había causado asco, sino también miedo. Seguía causando temor en la gente. Eso le hacía sentirse orgulloso.
No era su aspecto lo que más asustaba. No era su pelo enmarañado, siempre sucio. Ni su barba de varios días, rala y descuidada. Ni sus dientes picados, que le conferían una sonrisa grotesca. Eran sus ojos, profundos, cuyas órbitas casi desaparecían en sus cuencas hundidas y oscuras. Chucho sabía cómo enfrentarse a las miradas. No le asustaba nadie. No le asustaba nada. Chucho había crecido como un perro apaleado por su propio amo, pulgoso, con más costillas que pelo. Se había criado entre tirones de bolsos, alunizajes, butrones y navajazos. Paseó su acné por varios centros de menores. Se atenuaron sus tatuajes en la cárcel. Chucho había pagado. Ya sólo le quedaba un coche robado… Y una pistola usada.
Paró el motor junto a la caja de ahorros. Había dos niños peloteando delante de sus puertas blindadas. Los miró un instante, emitió un chasquido con los labios y movió la cabeza levemente hacia los lados. Sacó la Beretta 92, antaño empuñada por un guardia civil caído por su sangre fría, del bolsillo interior de la cazadora. La sopesó en la mano. Tenía la empuñadura gastada y el armazón sucio. Extrajo el cargador, lo miró y volvió a encajarlo con un golpe seco. Se fijó de nuevo en los niños y abrió la puerta abollada del Audi A4 rojo.
En cuanto pisó la acera, la pelota llegó rodando a sus pies. Detrás de ella llegaba un chaval de pelo negro encrespado, con la cara encendida y churretada. Chucho le dio un ligero toque con el pie y la remontó a sus manos. El crío se paró ante él con los brazos extendidos, sudoroso y sonriente.
–¿Me devuelves el balón?
Chucho arqueó los labios, mostrando su anárquica dentadura. Se colocó la pelota bajo el brazo derecho y le dio unas palmaditas en la mejilla.
–Anda, vete a tu puta casa y dile a tu madre que te compre una pelota nueva, que ésta me la quedo yo. Y de paso, que te limpie los mocos.
El chaval lo miró con los ojos entornados. Se giró.
–¡Chino, este hijoputa no me quiere dar la pelota!
Su amigo se acercó corriendo. Miró con el ceño fruncido a Chucho. Sus ojos almendrados no parpadearon ante su mirada.
–¡Esa pelota es mía, chorizo de mierda!
Chucho lanzó la pelota por encima de su hombro, botó en el suelo y le asestó un guantazo al niño antes de que regresara a su mano. Chino no lloró. Sus dedos percibieron el calor del golpe en su mejilla palpitante. Se atusó el cabello rubio y, despacio,  alzó la vista. Los ojos de Chucho le insinuaron que un crío de diez años suponía un adversario demasiado débil.
–¡Venga, piojosos, largaos de una puta vez! –exclamó Chucho, señalando con el dedo un punto lejano e indeterminado. Ya no sonreía.
Chino, sin apartar la vista de su pelota, agarró a su amigo del antebrazo y caminó de espaldas.
–Vámonos, Canijo –dijo Chino, antes de salir corriendo y doblar la esquina del final de la calle.
Chucho los vio alejarse mientras reía. Cuando desaparecieron, se encaminó hacia las puertas de la caja de ahorros con la pelota en la mano izquierda y la derecha dentro de su cazadora azul.
El guardia de seguridad dejó de mediar en la discusión, que se había producido un momento antes entre una rubia de escote amplio y un hombre rollizo, para ver como una pelota entraba botando y terminaba rebotando en una ventanilla. Cuando se percató de la presencia de Chucho, la bala ya le había atravesado el pecho. Se desplomó en el suelo, convirtiéndose, días después, en una cifra en la cuenta bancaria de su viuda.
–¡Todos al suelo, hijos de puta! –gritó Chucho, amenazando con la pistola a los clientes. –¡Tú, gordo de mierda, como no te tumbes ahora mismo te reviento la barriga! ¡Rubia de bote, pega tus tetazas al suelo y deja de gritar de una puta vez! ¡Muy bien, quiero ver vuestras manos separadas de los bolsillos, brazos en cruz y piernas abiertas! ¡A quien se mueva le pego un tiro!
Chucho se movía rápido. Sacó del bolsillo del pantalón una bolsa de basura. Se acercó a una ventanilla y la colocó en la bandeja corrediza. Miró a la cajera, dando unos golpecitos con el cañón de la pistola en el cristal.
–¡Eh, zorrita, llénala de los billetes más grandes que tengas! ¡Te quiero aquí fuera, con la bolsa llena, en treinta segundos! ¡Te juro por mis muertos que como tardes un segundo más te lleno esto de sesos!
Por el rabillo del ojo, Chucho pudo vislumbrar una figura de pie. Se giró raudo hacia la ventanilla contigua. Más allá del cañón de la beretta había una anciana menuda, vestida de negro, mirándolo con los ojos muy abiertos. Su mano izquierda agarraba parte de su pensión mensual. Chucho la observó un momento, ladeó la cabeza y dejó de apuntarla con el arma.
–Señora, usted puede sentarse ahí –le dijo, señalando unos asientos que había pegados a la pared de su izquierda.
Pero el único movimiento que realizó la diminuta octogenaria fue para guardar su dinero en el bolso. Se acercó con pasos cortos y lentos a Chucho. Paró su moño violeta ante él, levantó la mirada y le propinó una bofetada que resonó en las paredes de la sala. Chucho no se inmutó. La  anciana lo apartó con la mano y se agachó para recoger la pelota que estaba a su lado.
–Esta pelota es de mi nieto, sinvergüenza.
Chucho la vio encaminarse hacia la salida con la pelota apoyada entre la cadera y el antebrazo, y el asa del bolso marrón reposando en sus dedos. Cuando llegó a la puerta, la encañonó.
–Abuela, ¿cómo se llama? –le preguntó, mientras la cajera esperaba a su lado con la bolsa llena.
–¡Margarita! –contestó la mujer sin mirar atrás.
–Los tiene bien puestos, Margarita.
–¡Vete al cuerno! ­–le espetó ella, al tiempo que salía por la puerta.
La cajera se sobresaltó con la carcajada de Chucho, éste se dio la vuelta, le apuntó a la cara y le arrancó la bolsa de la mano. Con los hombros encogidos y el rostro ladeado, la chica se agarraba con fuerza a la blusa azul.
–¿Sabes?, cuando era chico me mangaron una pelota parecida a ésa. Fue la primero que perdí en mi vida. Le partí la jeta al que lo hizo, pero no la recuperé. Nunca he recuperado nada en mi “puta” vida. Pero… pero lo bueno es que ya no puedo perder nada más, porque lo he perdido todo. –Chucho hizo una pausa, observó que la chica no dejaba de mirar el suelo–. No sé qué coño hago contándote esto, si sé que te la suda. ¡Túmbate!
La cajera dio un respingo y se tendió a trompicones. Su pie izquierdo se metió en el charco de sangre del guardia; Chucho sonrió. Apuntó a la cabeza de la chica. Acarició el gatillo con el dedo.
–Sería una pena destrozar esa melena roja tan bonita. Me gusta tu pelo...
            Las sirenas lejanas le recordaron a Chucho que estaba cometiendo un atraco. Apartó el cañón de la pelirroja y corrió hacia la salida. En la profundidad de su mirada se percibía el exceso de adrenalina. Su mano, excitada por el tiroteo próximo, transmitía calor al arma. Comenzó a hervir su estómago al sentir el sol del mediodía.
A la beretta se le encasquilló el primer disparo, el segundo rajó la mejilla del policía nacional que conducía el vehículo y el tercero penetró en su hombro izquierdo. La segunda bala provocó que el capó terminara empotrado en la luna de un supermercado. El dedo de Chucho seguía repartiendo mala leche a otra pareja de agentes, parapetados tras su coche patrulla.
Chucho arrojó la bolsa por la ventanilla abierta del acompañante. Rodeó el Audi por la parte trasera, agachado, mientras sacaba la llave electrónica del bolsillo izquierdo del pantalón. Pulsó el botón, abrió la puerta y entró con su acostumbrada agilidad. Giró la llave, la frente en línea con la parte superior del volante. Metió primera y pisó el acelerador con potencia.  
En contra de lo esperado por Chucho, el coche aceleró sin control hacia la izquierda, estrellándose contra una furgoneta de reparto. Falló el airbag. Se fracturó la nariz, dejó las marcas de sus dientes en el volante y un fragmento del parabrisas le abrió una brecha en la frente. Se dejó caer en el respaldo del asiento y miró al otro lado de la calle.
Chucho  comprendió lo sucedido al ver la navaja en la mano del niño. Lo miraba con una sonrisilla maliciosa desde la acera. Su abuela le acariciaba el pelo, mientras su amigo Canijo botaba con desdén la pelota. Chuchó se echó a reír, sin dejar de mirarlos. Tras unos segundos de carcajada sanguinolenta, entrecerró los ojos, esos que hacían desviar miradas, levantó la mano despacio y los señaló con el dedo.
–Esa es mi… mi pelota.
Jesús Mª Rodríguez Ojeda
Imagen: "El asesino" , 1910.
Edvard Munch, 1863-1944.



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Sobre el refugio

"Acerca tu silla al borde del precipicio, que voy a contarte una historia", Scott Fitzgerald.

Todos tenemos historias que contar, pero pocos nos atrevemos a escribirlas. Todos tenemos refugios donde esconderlas, pero pocos nos atrevemos a descubrir su ubicación. Aquí te muestro el mío, mi refugio, el lugar donde se esconde mi imaginación.

Algo sobre mí

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Córdoba, Spain
No tengo estudios importantes, pero si una imaginación desbordante. Me he dejado llevar siempre por mi inteligencia emocional, antes que por la que me otorgaron los libros. En parte, porque no tuve más remedio que hacerlo. Los libros de texto no llenarán jamás los estómagos hambrientos.

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