El refugio de mis palabras

Aquí se esconde mi imaginación, a la espera de tu llegada


Chucho se agarraba al volante como si estuviera en la montaña rusa. Tenía la mandíbula tensa, los dientes apretados. Casi no pestañeaba. Se rascaba la oreja a menudo. Su dedo buscaba la nariz en cada semáforo en rojo. Se estaba hurgando cuando se percató de que una rubia lo observaba. ¡Qué pasa, guapa, ¿quieres un poquito?! La chica torció el labio y dejó de mirarlo. Chucho se dio cuenta de que no sólo le había causado asco, sino también miedo. Seguía causando temor en la gente. Eso le hacía sentirse orgulloso.
No era su aspecto lo que más asustaba. No era su pelo enmarañado, siempre sucio. Ni su barba de varios días, rala y descuidada. Ni sus dientes picados, que le conferían una sonrisa grotesca. Eran sus ojos, profundos, cuyas órbitas casi desaparecían en sus cuencas hundidas y oscuras. Chucho sabía cómo enfrentarse a las miradas. No le asustaba nadie. No le asustaba nada. Chucho había crecido como un perro apaleado por su propio amo, pulgoso, con más costillas que pelo. Se había criado entre tirones de bolsos, alunizajes, butrones y navajazos. Paseó su acné por varios centros de menores. Se atenuaron sus tatuajes en la cárcel. Chucho había pagado. Ya sólo le quedaba un coche robado… Y una pistola usada.
Paró el motor junto a la caja de ahorros. Había dos niños peloteando delante de sus puertas blindadas. Los miró un instante, emitió un chasquido con los labios y movió la cabeza levemente hacia los lados. Sacó la Beretta 92, antaño empuñada por un guardia civil caído por su sangre fría, del bolsillo interior de la cazadora. La sopesó en la mano. Tenía la empuñadura gastada y el armazón sucio. Extrajo el cargador, lo miró y volvió a encajarlo con un golpe seco. Se fijó de nuevo en los niños y abrió la puerta abollada del Audi A4 rojo.
En cuanto pisó la acera, la pelota llegó rodando a sus pies. Detrás de ella llegaba un chaval de pelo negro encrespado, con la cara encendida y churretada. Chucho le dio un ligero toque con el pie y la remontó a sus manos. El crío se paró ante él con los brazos extendidos, sudoroso y sonriente.
–¿Me devuelves el balón?
Chucho arqueó los labios, mostrando su anárquica dentadura. Se colocó la pelota bajo el brazo derecho y le dio unas palmaditas en la mejilla.
–Anda, vete a tu puta casa y dile a tu madre que te compre una pelota nueva, que ésta me la quedo yo. Y de paso, que te limpie los mocos.
El chaval lo miró con los ojos entornados. Se giró.
–¡Chino, este hijoputa no me quiere dar la pelota!
Su amigo se acercó corriendo. Miró con el ceño fruncido a Chucho. Sus ojos almendrados no parpadearon ante su mirada.
–¡Esa pelota es mía, chorizo de mierda!
Chucho lanzó la pelota por encima de su hombro, botó en el suelo y le asestó un guantazo al niño antes de que regresara a su mano. Chino no lloró. Sus dedos percibieron el calor del golpe en su mejilla palpitante. Se atusó el cabello rubio y, despacio,  alzó la vista. Los ojos de Chucho le insinuaron que un crío de diez años suponía un adversario demasiado débil.
–¡Venga, piojosos, largaos de una puta vez! –exclamó Chucho, señalando con el dedo un punto lejano e indeterminado. Ya no sonreía.
Chino, sin apartar la vista de su pelota, agarró a su amigo del antebrazo y caminó de espaldas.
–Vámonos, Canijo –dijo Chino, antes de salir corriendo y doblar la esquina del final de la calle.
Chucho los vio alejarse mientras reía. Cuando desaparecieron, se encaminó hacia las puertas de la caja de ahorros con la pelota en la mano izquierda y la derecha dentro de su cazadora azul.
El guardia de seguridad dejó de mediar en la discusión, que se había producido un momento antes entre una rubia de escote amplio y un hombre rollizo, para ver como una pelota entraba botando y terminaba rebotando en una ventanilla. Cuando se percató de la presencia de Chucho, la bala ya le había atravesado el pecho. Se desplomó en el suelo, convirtiéndose, días después, en una cifra en la cuenta bancaria de su viuda.
–¡Todos al suelo, hijos de puta! –gritó Chucho, amenazando con la pistola a los clientes. –¡Tú, gordo de mierda, como no te tumbes ahora mismo te reviento la barriga! ¡Rubia de bote, pega tus tetazas al suelo y deja de gritar de una puta vez! ¡Muy bien, quiero ver vuestras manos separadas de los bolsillos, brazos en cruz y piernas abiertas! ¡A quien se mueva le pego un tiro!
Chucho se movía rápido. Sacó del bolsillo del pantalón una bolsa de basura. Se acercó a una ventanilla y la colocó en la bandeja corrediza. Miró a la cajera, dando unos golpecitos con el cañón de la pistola en el cristal.
–¡Eh, zorrita, llénala de los billetes más grandes que tengas! ¡Te quiero aquí fuera, con la bolsa llena, en treinta segundos! ¡Te juro por mis muertos que como tardes un segundo más te lleno esto de sesos!
Por el rabillo del ojo, Chucho pudo vislumbrar una figura de pie. Se giró raudo hacia la ventanilla contigua. Más allá del cañón de la beretta había una anciana menuda, vestida de negro, mirándolo con los ojos muy abiertos. Su mano izquierda agarraba parte de su pensión mensual. Chucho la observó un momento, ladeó la cabeza y dejó de apuntarla con el arma.
–Señora, usted puede sentarse ahí –le dijo, señalando unos asientos que había pegados a la pared de su izquierda.
Pero el único movimiento que realizó la diminuta octogenaria fue para guardar su dinero en el bolso. Se acercó con pasos cortos y lentos a Chucho. Paró su moño violeta ante él, levantó la mirada y le propinó una bofetada que resonó en las paredes de la sala. Chucho no se inmutó. La  anciana lo apartó con la mano y se agachó para recoger la pelota que estaba a su lado.
–Esta pelota es de mi nieto, sinvergüenza.
Chucho la vio encaminarse hacia la salida con la pelota apoyada entre la cadera y el antebrazo, y el asa del bolso marrón reposando en sus dedos. Cuando llegó a la puerta, la encañonó.
–Abuela, ¿cómo se llama? –le preguntó, mientras la cajera esperaba a su lado con la bolsa llena.
–¡Margarita! –contestó la mujer sin mirar atrás.
–Los tiene bien puestos, Margarita.
–¡Vete al cuerno! ­–le espetó ella, al tiempo que salía por la puerta.
La cajera se sobresaltó con la carcajada de Chucho, éste se dio la vuelta, le apuntó a la cara y le arrancó la bolsa de la mano. Con los hombros encogidos y el rostro ladeado, la chica se agarraba con fuerza a la blusa azul.
–¿Sabes?, cuando era chico me mangaron una pelota parecida a ésa. Fue la primero que perdí en mi vida. Le partí la jeta al que lo hizo, pero no la recuperé. Nunca he recuperado nada en mi “puta” vida. Pero… pero lo bueno es que ya no puedo perder nada más, porque lo he perdido todo. –Chucho hizo una pausa, observó que la chica no dejaba de mirar el suelo–. No sé qué coño hago contándote esto, si sé que te la suda. ¡Túmbate!
La cajera dio un respingo y se tendió a trompicones. Su pie izquierdo se metió en el charco de sangre del guardia; Chucho sonrió. Apuntó a la cabeza de la chica. Acarició el gatillo con el dedo.
–Sería una pena destrozar esa melena roja tan bonita. Me gusta tu pelo...
            Las sirenas lejanas le recordaron a Chucho que estaba cometiendo un atraco. Apartó el cañón de la pelirroja y corrió hacia la salida. En la profundidad de su mirada se percibía el exceso de adrenalina. Su mano, excitada por el tiroteo próximo, transmitía calor al arma. Comenzó a hervir su estómago al sentir el sol del mediodía.
A la beretta se le encasquilló el primer disparo, el segundo rajó la mejilla del policía nacional que conducía el vehículo y el tercero penetró en su hombro izquierdo. La segunda bala provocó que el capó terminara empotrado en la luna de un supermercado. El dedo de Chucho seguía repartiendo mala leche a otra pareja de agentes, parapetados tras su coche patrulla.
Chucho arrojó la bolsa por la ventanilla abierta del acompañante. Rodeó el Audi por la parte trasera, agachado, mientras sacaba la llave electrónica del bolsillo izquierdo del pantalón. Pulsó el botón, abrió la puerta y entró con su acostumbrada agilidad. Giró la llave, la frente en línea con la parte superior del volante. Metió primera y pisó el acelerador con potencia.  
En contra de lo esperado por Chucho, el coche aceleró sin control hacia la izquierda, estrellándose contra una furgoneta de reparto. Falló el airbag. Se fracturó la nariz, dejó las marcas de sus dientes en el volante y un fragmento del parabrisas le abrió una brecha en la frente. Se dejó caer en el respaldo del asiento y miró al otro lado de la calle.
Chucho  comprendió lo sucedido al ver la navaja en la mano del niño. Lo miraba con una sonrisilla maliciosa desde la acera. Su abuela le acariciaba el pelo, mientras su amigo Canijo botaba con desdén la pelota. Chuchó se echó a reír, sin dejar de mirarlos. Tras unos segundos de carcajada sanguinolenta, entrecerró los ojos, esos que hacían desviar miradas, levantó la mano despacio y los señaló con el dedo.
–Esa es mi… mi pelota.
Jesús Mª Rodríguez Ojeda
Imagen: "El asesino" , 1910.
Edvard Munch, 1863-1944.



Para mi corazón basta tu pecho, 
para tu libertad bastan mis alas. 
                                            Pablo Neruda.


Me miraba con su perpetuo gesto de desprecio. Detrás de mí se movía la cortina. El aire templado mecía mi cabello. Sus ojos, enrojecidos por la cerveza, no dejaban de enfocarme. Le di la espalda. Me asomé por la ventana. Desde el sexto piso se veía todo minúsculo. Sentí por un instante que me atrapaba el vacío. Me agarré al marco. Aun así, deseé con todas mis fuerzas subirme al alféizar, pues su voz me hacía sentir un vértigo más abrumador que el provocado por la altura.  Y subí mi rodilla, un pie, el otro pie tembloroso y me senté a contemplar la calle.
Llegaba tarde el ajetreo de las personas a mis oídos. Sus miradas no me alcanzaban. Los frenazos, los cláxones, las malas maneras no me tocaban. Alcé mis brazos en cruz. Cerré los ojos. Dejé que la brisa me acariciara un momento. No me importaron los pasos rápidos, ni los insultos que sonaban detrás de mí. Cuando sus manos rozaron mi espalda, me dejé caer.
Mi cuerpo se abandonó sin reparo a un descenso de final fatal. El aire azotaba mi cara con fuerza. El suelo subía rápido.  Dios mío, qué sensación tan agradable y horrible a la vez. Sí, sí, que venga, que me envuelva, que me libere. De pronto, un pensamiento estalló en mi cerebro. Y grité. ¡Mi niña, mi niña! Cerré los ojos, cruzando mis brazos ante mi cara.
No sé si fue el recuerdo de mi hija lo que evitó la desgracia. Sólo sé que cuando abrí los ojos mi cara flotaba a escasa distancia de la acera. Me llevé las manos a la tripa. Noté una patadita. Sentirla viva me animó a impulsarme hacia adelante. Y volé.
Desde mi barriga se extendió un cosquilleo placentero al resto de mi cuerpo. Mi bebé se revolvía inquieta, excitada, me apremiaba a que continuara el vuelo. Le hice caso, cómo no. Mi niña, mi niña bonita quería volar. Y seguí volando, volando…, volaba.
Lo veía todo tan diferente, tan extraño.
Pasé sobre las cabezas de mis vecinas boquiabiertas. Lola, la frutera, me saludaba con la mano mientras reía.
–¡Vuela, vuela alto, nena! –, me decía.
En la panadería se arremolinaron las mujeres, manos en la boca de asombro, enarbolando algunas la talega del pan, jaleándome.  Todas me conocían bien.
–¡Puede volar, puede volar! ¡Vuela lejos, guapísima!
Pero no podía alejarme todavía.
Vi a varias madres que me señalaban con el dedo desde la puerta del colegio.
–¡Mirad, es María!
Empecé a reír, saludándolas con la mano. Entonces vi aparecer, entre el remolino de madres e hijos, a mi morenito guapo. Salía despeinado, carita arrebolada, buscándome con la mirada. Mónica, la madre de su amigo Jorge, se agachó, le pasó la mano por el hombro y me señaló. Mi niño me vio y comenzó a saludarme con los dos brazos sobre su cabeza, riendo sin parar. 
Bajé despacio, alargué mis brazos y agarré sus manos. Lo abracé contra mi pecho. Subí despacio para no asustarlo. Pero mi niño sólo temía al aliento de bar, a los gritos ebrios, a los golpes de paterna vileza. A mi niño no le asustaban las alturas, ni el fuerte viento, ni la potencia de mis latidos.
–¡Más alto, mami, hasta el cielo!
Algunos niños, carteras en la espalda, corrieron por debajo de nosotros, dando saltos y palmas.
–¡Vamos a tocar aquella nube, mami!
Nunca lo había visto tan feliz. Lo agarré fuerte contra mí. Sentí entonces el aroma de su piel, la fragancia de su pelo. Su dulce olor llenó mis venas, haciéndome más ligera. Sus latidos se introdujeron en mi carne, expulsando el veneno de gritos y contusiones. Entonces comprendí que era su vida lo que llenaba mis pulmones. Comprendí que sólo de mí dependía la sonrisa de la niña de mi vientre, que debía seguir subiendo, volando.
Y ascendimos los tres, envueltos en capas de aire de mayo.
–¡No veo nada, mamá!
–Claro que no, cariño, estamos dentro de la nube.
–Pero yo creía que se podía tocar, como el algodón de azúcar.
–No, hijo, el interior de la nube es como la niebla espesa de otoño. Se puede ver, pero no tocar.
–Pues entonces no me gusta, mami. ¡Y qué frío hace! Vámonos de aquí.
Nada más salir de la nube, fuimos conscientes de lo alto que habíamos subido. Se veía todo tan pequeño, tan insignificante, tan hermoso. Lo veíamos todo, desde el prado más extenso al camino más estrecho, desde la ciudad más grande a la casa más pequeña. Nada escapaba a nuestras dilatadas pupilas. Allí arriba, alejada de miradas críticas, me sentí poderosa.
–­­Mami, suéltame. Yo también quiero volar.
Su petición me cogió desprevenida. Me asusté de veras. Pero enseguida comprendí que mi niño también merecía su propio vuelo. También había sufrido y necesitaba sentirse libre. Le miré a los ojos.
–Claro que sí, cariño.
Lo aparté de mi pecho con mucho cuidado, sin soltarle la manita. Estuvimos un rato con los brazos en cruz, agarrados de la mano. Sonreía, mi niño me miraba y sonreía. Empezó a reír, a gritar de entusiasmo.
–Suéltame, mamá.
Abrí mi mano despacio, dejando que sus dedos se alejaran de los míos. Y en cuanto se hubo separado, comenzó a caer en picado, cabeza abajo, con los brazos pegados a los costados. Exhalé un chillido. Antes de que la última nota aguda saliera de mi garganta, mi cuerpo ya caía en pos de mi hijo.
Su risa traviesa me llegó un segundo antes de agarrarlo por el pie.
–¡No, mami, suéltame!
Realizó un quiebro hacia un lado y me dejó con el zapatito en la mano. Su travesura casi me hizo enfadar, pero su risa me aplacó enseguida. Se miró el otro zapato, luego a mí. Le sonreí, guiñé un ojo y nos alejamos descalzos, haciendo gráciles piruetas.
–¡Mira qué bonito, mamá! –exclamó mi querido Adrián, señalando con su dedo hacia abajo.
Aquel prado daba la impresión de estar alfombrado por todas las especies de flores conocidas. Mientras descendíamos, nuestras sonrisas se hacían cada vez más amplias. Volamos a ras de la tierra, absorbiendo todos los aromas que perfumaban el valle. Aterricé como un pájaro de patas torpes. Mis piernas se quedaron detrás del resto de mi cuerpo y caí de boca al suelo. Me levanté, escupiendo tierra fresca, briznas de hierba y pétalos. Me sacudí el vestido, mientras reía a carcajadas.
Adrián corría como un potrillo que descubre por primera vez el monte. Recogía margaritas, amapolas, verónicas, violetas y muchas otras que no sabría mencionar, pero de todas arrancaba una o dos. Sus manos desaparecieron entre el ramo que había conseguido reunir. Caminó erguido hacia mí, mirándome a los ojos. Su cara era un lienzo pintado con polen. Se paró frente a mí. Levantó el ramo y estornudó.
–Para ti, mami.
–¡Qué bonito! Gracias, mi vida.
Me arrodillé, lo atraje hacia mí y lo abracé.
–Espera, espera. Y ésta para la hermanita –dijo, introduciendo la mano por el cuello de su camiseta.
La orquídea brilló como una joya en su mano.
Su gesto contrajo mi garganta. Le besé, mientras la emoción mojaba mis párpados. Las lágrimas bajaron despacio, haciendo una pausa en mi barbilla. Luego, sin prisa por abandonar mi rostro, cayeron sobre el ramo de Adrián.
El viento cambió de dirección. Apartó el pelo largo de mi nuca. Miré la cara de mi hijo, él también lo había notado. Sus fosas nasales se dilataron al percibir aquel olor despreciable que traía la tramontana. Se apartó a un lado para mirar más allá de mí. Sus ojos dejaron de pestañear. Cayó al suelo la orquídea que sostenía.
–No pasa nada, amor mío. Mamá está aquí contigo –lo animé, procurando controlar el temblor de mi cuerpo–. Siéntate aquí y no te muevas, ¿de acuerdo? –Adrián asintió con la cabeza. Le acaricié la mejilla, le guiñé un ojo y sonreí.
Me giré. Su presencia era un mal trazo en el paisaje. Caminaba dando manotazos a mariposas y libélulas, pisoteando a conciencia la hierba. Llevaba la escopeta de perdigones que tanto adoraba. Me señaló con el dedo.
–¡Adónde cojones te crees que vas con mi hijo! –gritó, apoyando la culata en su hombro.
No agaché la cabeza, esta vez no. No aparté la mirada, como en tantas otras ocasiones. Enderecé el pecho, erguí la cabeza y apreté los puños. Él se percató de mi cambio y apuntó. Flexioné las piernas y me impulsé hacia adelante. Cuando el eco de la detonación estalló en el valle, mi mano ya sujetaba el cañón de la escopeta. Cerré con fuerza los dedos e hice añicos el arma.
–¡Jamás volverás a hacernos daño! ¡Jamás!
Lo agarré por el cuello de la camisa. Su cara aterrada reflejaba mi ira. Lo zarandeé. Miré el cielo, luego a él. Apreté los dientes y despegué, provocando ondas en la vegetación.
            Fui girando mientras subía, con su cuerpo tembloroso entre mis manos. No dejé de mirarlo a los ojos. Me vi reflejada en sus pupilas, radiante, sonriente. Y volé bien alto.
–No te esperabas esto de mí, ¿verdad? Ni te lo imaginabas. ¡Maldito inútil! Siempre pisoteándome. Pero eso se acabó. ¿Me oyes? ¡Se acabó!
Era la primera vez que aguantaba su mirada sin temor, la primera vez que no se encogía mi pecho ante su presencia. Oh, qué placer me provocó descubrir que sus ojos eran incapaces de disimular su miedo. Cuanto más insignificante se hacía él, más atrevida me volvía yo. Aproveché para recordarle todo el mal que nos había provocado,  todo lo que sus cadenas herrumbrosas no me habían dejado hacer. Nunca me había sentido tan fuerte. Estaba exultante.
Casi sentí lástima al ver aparecer lágrimas en sus ojos. Pero entonces inclinó la cabeza, interrumpió sus sollozos y comenzó a reír. Estiré los brazos para apartarlo de mí y seguí la dirección de su mirada. Mi tripa sangraba. Siempre había presumido de su buena puntería. Y ahora reía, no paraba de reír.
Llené mi boca de saliva y le escupí en la cara.
–¡Vete al infierno, desgraciado! –Eso fue lo último que me oyó decir antes de soltarlo.
La sangre caliente bajaba por mis piernas. Mi vigor se escapaba a borbotones por la herida. Me llevé las manos a la barriga. ¡Mi hija, mi querida hija! Nueve meses en mi interior y ya no daba patadas. Mi lamento atronador llenó el valle de una aflicción mortal, marchitando las flores y haciendo caer las hojas de los árboles. Mi pena coloreó el valle de sepia.
–¡Adrián! –exhalé su nombre y caí.
Mi visión se atenuaba mientras caía hacia la tierra yerma, dando vueltas descontroladas, confundiendo el cielo con el suelo. Mi vida pertenecía a un destino trágico, cada vez más cercano. Detrás de mí iban cayendo las gotas de sangre de mi hija mezcladas con las mías, produciendo una llovizna carmesí. Esa lluvia sanguinolenta sería lo único que vería de ella. Llena de rabia, lloré y grité. Cerré los ojos con fuerza y dejé que mi último recuerdo fuera para Adrián y mi hijita desdichada. Pensé, ya con el olor de la tierra en mi nariz, que estaba dando mi vida por ellos, que mil veces lo haría… pero sólo una podría. Y proferí mi último alarido.
Entonces, por encima de mi voz, escuché el sonido que produce un proyectil atravesando el viento. Sentí sus dedos cálidos en mi brazo. Percibí el aroma de su cuerpo infantil. Abrí los ojos y vi la cara, enrojecida por el esfuerzo, de mi querido Adrián.
–¡Pesas mucho, mamá!
Mantuvimos el vuelo durante unos segundos, hasta que la presión del agarre de Adrián cedió y caímos, provocando un remolino de brazos, piernas, gritos, flores muertas… y la sirena de la ambulancia.
Una conversación a voz queda atravesó mi inconsciencia. Un hombre mencionaba unos tendederos que habían ralentizado la caída y la lona de un camión que, habiéndose empotrado en el momento justo en un escaparate, había amortiguado el golpe. Una segunda voz, ésta de mujer, aludía a unos testigos que habían afirmado ver a su marido intentándola arrojar por la ventana, pero ella se aferró a sus brazos y cayeron los dos. Volvió a hablar la otra voz para sentenciar que ya no volvería a golpearla más.
Cuando abrí los ojos, la sonrisa del enfermero mitigó el sonido estridente de la sirena. Me dolía todo el cuerpo. Llevaba puesto un collarín. Intenté incorporarme, pero las correas me tenían sujeta a la camilla.
–¡Adrián, Adrián! ¿Dónde está mi hijo? ¡Dónde está!
–Tranquilícese, señora, su hijo está bien. Su hermana se ha hecho cargo de él.
Cuando calló la doctora, noté el movimiento inquieto de un piececito en mi abdomen. Me vi, de repente, envuelta en una mixtura de risa, llanto y contracciones uterinas.

Jesús Mª Rodríguez Ojeda

Imagen: "Manos para volar" 
Nicoletta Tomas Caravia, Madrid 1963

¿Se puede crear una historia a partir de anuncios de un periódico cualquiera?... Pues sí.
Nota: Ejercicio para el Taller de Escritura Creativa Fuentetaja. Anuncios, nombres y teléfonos son ficticios.

  
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Jesús Mª Rodríguez Ojeda



Instrucciones para leer el caligrama: Empezar por el pie, ir subiendo hasta el muslo; continuar por el puvis, lado izquierdo del abdomen hasta las costillas y pecho. Seguir por el brazo izquierdo, hueco entre los brazos y la cara. Luego , antebrazos derecho e izquierdo, estómago y barriga.

El texto completo lo tenéis varias entradas más abajo.

Si picais en la imagen con el ratón, podréis aumentarla en una ventana nueva.

He creado este caligrama para un ejercicio del Taller de Escritura Creativa Fuentetaja.

Muchas gracias, Alberto.
 Jesús M. Rodríguez Ojeda.
Dibujo: Egon Schiele, hecho por Alberto J. García Cañete.


Movió la ventisca la caja llena de mantas, esparciendo la fragancia de una vida inocente. Con las manitas al viento, hambriento, el bebé lloró. Su lamento deambuló por las calles, buscando unos oídos sensibles. Y quiso el azar que encontrara el corazón conmovido de la madre que lo había abandonado.

Jesús Mª Rodríguez Ojeda



Imagen: "Recien llegado" 
Nicoletta Tomas Caravia, Madrid 1963

Para Sandra, hermosa xana, poseedora de la frescura del bosque asturiano.

Crece alta la hierba alrededor de tu silueta. Acaricia tus caderas, movidas por una brisa fresca. No te causa placer su ligero roce. Te rodean hermosas flores de distinto
s colores y tonalidades, desde el violeta más intenso al amarillo más tenue. Pero las miras sin ningún resquicio de asombro. Ya no se humedecen tus ojos con la visión de las cosas bellas. No se estremece tu pecho con la fragancia que desprenden sus pétalos. Tus labios son líneas inquebrantables. Muy atrás quedó tu sonrisa, en algún lejano momento de felicidad se quedó parada.

Tu mirada perdida intenta descifrar pensamientos abstractos, fugaces como meteoros. Tus ojos viajan más allá de la estratosfera. Más allá de los planetas que nos rodean. Más allá de una vida entera. Tus pupilas reflejan instantes pasados, recuerdos rotos, destrozados. ¿Qué esperas ahí tumbada con la mano alzada? No podrás agarrar el viento con tu mano. Roza mis dedos, ansío devolverte la mirada. Tu brazo vuelve a caer al suelo.

Parpadeas… Se desprende una lágrima, la última que te quedaba. Baja despacio por tu sien, arrastrando tu alma. Y cae a la tierra húmeda. Tras cinco espesos segundos, comienza a vibrar la quietud que te envuelve. Tu cabeza se gira para ver germinar los primeros brotes de la enredadera. Crece rápida a tu lado, ansiosa por tocar tu carne. Ya rozan sus primeras hojas tu cuello. Su tacto es desagradable, malicioso. Avanza con venenoso paso, lacerando tu mejilla con sus espinas ponzoñosas. Lame tu cutis descolorido, absorbiendo restos de caricias olvidadas. Sube hasta tus ojos. Se hunden tus pestañas por el peso de las hojas. Aparecen las ojeras, el agotamiento. Se alimenta la enredadera.

Apártala de tu cara. Mírame.

Comienzan a brotar ramificaciones. Se dirige una hacia tu precioso pelo. Allí apaga su brillo, lo reseca, lo hiere de muerte. Otra decide rodear tu cuello, aumentando pacientemente la presión del abrazo. Sientes ahogo, el nudo en la garganta se torna insoportable. Abres tu boca para devorar oxígeno. Pero llega poco aire a los pulmones. Contemplas la posibilidad de admitir tu derrota. Vencida el mismo día en que todo empezó a ir mal, cuando te creíste olvidada por los demás. Cuando empapaste la almohada con lágrimas agrias.

Empero, mi mano siempre estuvo tendida frente a ti. Cógela.

Se alimenta la enredadera de tu voluntad quebrantada. Se expande, envolviendo tu agotado cuerpo. Sus espinas te inyectan su corrosivo veneno. Por tus venas comienzan a fluir el hastío y la melancolía; por tu carne, la desazón.

Oye mi voz, siempre estuvo aquí. Escúchame.

No te dejes vencer por la enredadera. No dejes que su mortal silencio entre por tus oídos. No dejes que su mala simiente llegue a tu corazón. No dejes que te aparte de ti misma. Destrúyela. Reseca sus hojas con gratos recuerdos. Haz regresar tu bella sonrisa para detener su avance. Que vuelva el brillo de tus ojos, que la fulminen tus pupilas dilatadas de emoción. Deja entrar de nuevo las vetadas fragancias a tu pecho. Que regrese aquel agradable cosquilleo a tu estómago, que se propague a tu piel. Deja que vuelva la calidez a tus dedos, para que tus manos aparten el hiriente tallo. Arranca la enredadera, apártala a un lado, que con sus ramas fabricaremos guirnaldas de miradas francas y risas sinceras.

Levántate. Coge mis manos, siempre estuvieron aquí. Mira mis ojos, nunca dejaron de contemplarte. Escucha mi voz, nunca dejó de hablarte. Ven, regresemos juntos a tu vida. Y si vuelve la enredadera que nos sorprenda unidos, que con nuestras lágrimas de júbilo marchitaremos sus ansias de devorarnos.

Jesús María Rodríguez Ojeda

Imagen:Ofelia (tumbada en el prado), 1905
John William Waterhouse, Inglaterra (1849-1917)



Me introduzco por los dedos de tu pie izquierdo. Asciendo hasta tu rodilla, poco a poco. Me entretengo en la redondez de tu rótula. Desciendo entre la suave piel de tu muslo, sin prisas. Me dejo atrapar por tus ingles, perpetuo instante de placer. Cuando me sueltas, sigo adelante y salgo por tu ombligo. Gateo por tu vientre. Acaricio tus costillas, una a una, minuciosamente.

Y dejo tatuado mi corazón en tu seno.

Me arrastro serpenteando hasta tu cuello. Me engancho a tu fino mentón para alcanzar tu boca.

Y silencio mi voz en tus labios.

Me absorbes, me tragas. Viajo por tu tráquea. Doy un fuerte soplido. Y atraviesa mi aire el esófago, llenando tus latidos. Yo sigo mi camino descendente, acariciando tu interior. Por fin, llego a tu estómago y me disuelvo, pero mi legado se ha quedado en tu corazón...

...Para siempre.

Jesús María Rodríguez Ojeda

Imagen: "El beso", 1908
Gustav Klimt, 1862-1918


Pareces feliz. Tus ojos brillan, tus labios parecen trazar una sonrisa casi olvidada. Pareces danzar en aptitud relajada, girando sobre el eje de tus piernas. Pareces feliz, despreocupada. ¿Regresaron las caricias a tu vida? ¿Se alejaron las muecas de dolor, el miedo y los gritos desesperados? Tu rostro parece responder sí. Todos los músculos de tu cuerpo se han liberado de su permanente tensión. Ni recordabas lo que era la tranquilidad.

Noviazgo hipócrita. Sus caricias escondían un futuro cruel. Su voz ocultaba un ruido estridente, demoledor, que aumentaría de volumen cuando pretendieras sonreír. Serías víctima de su mente acomplejada, de su amorfa imaginación. Su aliento de taberna viciaría el aire de la casa, dificultando tu respiración. Su aliento de taberna envenenaría tus labios cuando olvidara destrozarte. Y, cuando le apeteciera, destruiría tu orgullo con el chirrido de los muelles de la cama.


Eran tan bellos tus movimientos. Caminabas despacio, cadenciosa de caderas. Tus pasos evitaron siempre cualquier tropiezo. De fácil sonrisa, contagiabas tu alegría en momentos de melancolía. Tus verdes iris iluminaban todo lo que en ellos se reflejaba. Tu boca, húmedo instrumento de persuasión, perfecta vocalizadora de encantadores discursos. Jamás escondiste tu piel bajo tomos de maquillaje innecesario. Eras preciosa en tu estado natural. No perdías el tiempo justificando tus errores, ahorrando así palabras y segundos. Eras hermosa, pero tu belleza atrajo fealdad; tu bondad, malicia.

Aquel día podrías haberte maquillado, haber llegado más tarde de lo habitual o no haber aparecido. Pero eras la persona sobre la que gravitaba todo, tenías que estar siempre presente, siempre puntual. Tus amigas se desesperaban si no les llegaba tu risa. Y llegaste. Y le conociste. Fueron sus ojos. Te viste comprendida en su mirada. Su sonrisa te hacía temblar; su conversación te calmaba. Bailabas pegada a él, sin descanso, sin alejarte de sus brazos. Conciertos, veladas de luna llena, empacho de palomitas y pasaron los años. Vuestras manos se unieron en un sí quiero con testigos y música de cámara.

Pero transcurrieron largas horas, días, meses... Y su risa se tornó cáustica. Sus ojos azules perdieron color, se volvieron cínicos. Sus caricias rasgaban tu piel. Perdonaste la primera bofetada. Se volvieron más violentos sus gestos. Las manos abiertas se cerraron para dar puñetazos; los pies ya no bailaban, daban patadas. Incluso su voz te asestaba latigazos al hablar. En su hálito resurgía una y otra vez su corazón putrefacto. Tuviste esperanzas de cambio, pero ignorabas que cuando la bestia vence al hombre es imposible aplacarla. Entre besos agrios y palizas, llegaste a ser madre de un no nacido, víctima de una violenta borrachera ajena.

Venus, fuiste presa de un depredador de sentimientos, carnívoro sine anima que fue devorando poco a poco tu paz. Venus esculpida a golpes de nudillos, tu belleza se fue evaporando con las lágrimas.

Pero, aquella noche, sus nudillos destrozaron tu paciencia.

Afuera se escuchaba la sonata de un grillo solitario, mientras tú caminabas hacia la cocina, cojeando, con la cara ardiendo aún por los golpes. El reloj de pared marcaba el ritmo de las pulsaciones de dolor de la mandíbula. Abriste el cajón. No dudaste ni un instante para cogerlo. Dieciséis centímetros de acero
afilado. Tus ojos amoratados se reflejaron en el metal. Te moviste despacio hasta el dormitorio, aferrada al puño del cuchillo. Desde la puerta abierta pudiste ver su cuerpo tendido en la cama. Te había infligido dolor hasta cuando dormía, pero ahora sólo sentías desprecio, ansias por liberarte del miedo. Entraste en la habitación casi sin poder respirar. Te costaba avanzar, tus piernas pesaban toneladas. Él estaba roncando, durmiendo plácidamente, abarcando su despreciable cuerpo todo el colchón.

Dormía, soñaba como cualquier mente inocente. Y en su conciencia lo era, inocente rodeado de culpables. Todos eran culpables para él; pero una sola la condenada. Ni sus gritos, ni sus lágrimas, ni sus súplicas le hacían parar sus violentos castigos. Cuanto más gritaba ella, más golpeaba él, como el perro de presa al que le cuesta soltar a su víctima. Él poseía las imperfecciones que ella no tenía, y eso le carcomía la mente. No podía soportar verla tan perfecta. Tenía que equipararla a su insignificancia, aunque fuera a golpes o a insultos. Sólo era una mujer, le resultaba inaudito verla superior a él. Marchitaba su cerebro en los bares, girando una y otra vez sobre la misma idea. Había llegado a despreciar su sonrisa, sus graciosos gestos y su bondad. Ya no soportaba verla. Ya no soportaba escucharla. Ya no soportaba su respiración. Cada día, sus manos se acercaban más a su cuello. Y cualquier noche apretarían su garganta hasta hacerla exhalar su última bocanada de aire. Tal vez, cualquier noche...

Seguía roncando, gruñendo como un cerdo en su lodazal, cuando rozaste con tus piernas la colcha de la cama. Su cara tenía las marcas recientes de tus uñas. Su mano, manchada con la sangre de tu pómulo, descansaba sobre su pecho. Su expresión era tranquila y relajada, pero eso no te hizo dudar. Levantaste el cuchillo hasta donde las articulaciones de los brazos te dejaron.

Abrió los ojos y vio el cuchillo por encima de su cabeza. Por un momento creyó que ella vacilaría, que tiraría el arma a un lado y se abrazaría a él pidiendo perdón. Pero se equivocó...

Se quedó mirándote con una sonrisa estúpida en los labios. Aguantaste su mirada sin temor, manteniendo la fuerza de los brazos. Y en cuanto apartó su mano del pecho, bajaste el cuchillo con potencia y precisión. Él se giró lo suficiente para que la hoja entrara entre dos costillas y atravesara el corazón.

No te quedaste para verlo morir. Lo dejaste allí tirado con el cuchillo en el pecho, ahogado en su propia sangre, víctima de su mal carácter. Saliste de la casa llorando, sin fuerzas para volver la vista atrás. Corriste, caminaste y volviste a correr. Tus rodillas sangraban de tantas veces que habías tropezado. Llegó un momento en el que ya no podías más, sin ganas ya de andar. Entonces te diste cuenta de que estabas en el puente. Rozaste el pretil de piedra con los dedos; la piedra estaba fría. Te asomaste; la corriente bajaba rápida. Sabías que los hombres te juzgarían por el crimen de otro hombre, continuando así tu condena. Contemplaste la luna llena; te sentiste tan sola como ella. Se liberó una lágrima.

Hermosa Venus, tu cuerpo acarició por última vez el viento mientras caías al agua del río. No luchaste por salir cuando te arrastró la corriente. Te hundiste. Te abandonaron las fuerzas demasiado pronto.

Y escapaste.

Y pareces tan calmada ahora. No hay rastro de tristeza en tu cara, ni dolor en tu mirada. Ya no sufre tu cuerpo maltratado. Desapareció la ansiedad. Atrás quedó el miedo y la locura. Pareces tan feliz en tu inexistencia. Baila, Venus, baila todo lo que antes no te dejaron. Mientras danzas camino del mar, tu vida ha quedado resumida en una lágrima sobre el pretil del puente.


Jesús María Rodríguez Ojeda


Imagen: "Una furtiva lágrima III"
Nicoletta Tomas Caravia, Madrid 1963



Al amanecer, cuando la luz desperece, subiré a la cima de la colina. Ascenderé hasta lo más alto, allí donde nunca me atreví a pisar. Mis huellas dejaré marcadas en la tierra, para que los escépticos vean hasta donde conseguí llegar. Mis huellas. Mi camino.
Al amanecer, cuando el viento bostece, allí te esperaré. Contemplaré tu ascenso, tu cadencioso caminar. Sonriendo, veré tu vestido danzar al son de tus pasos. Y tu pelo abrazará tus dedos mientras ríes al tropezar. Y las prímulas agradecerán tu roce, tu fragancia. Reiré tu gracia al levantar. Viviré tu júbilo. Viviré.
Al amanecer, cuando el sol nos encuentre, libres nos hallará de indecisiones. Tú y yo, abrazos y besos, ojos y labios. Corazón. Alma. Nuestro amor tallaremos en el roble. Y junto a los nombres confesaré mis inquietudes muertas. Y te hablaré sin miedo a las palabras. Y te escucharé sin apartar la mirada.
Al amanecer, cuando esta afligida luna pase..., tal vez. Ahora siempre será ahora, no hay retorno posible. Se ahogan mis deseos en una apagada respiración. Mi vida late en susurros. Y sé que mis latidos siempre fueron lentos, demasiado lentos. ¡Qué daría yo por cambiar su leve intensidad!¡Qué daría por vivir una sola de mis ilusiones olvidadas!¡Qué daría por alzar la voz sin temblor!
Al amanecer, cuando tus lágrimas despierten, yo estaré muerto.



Jesús Mª Rodríguez Ojeda


Imagen: "Job", 1944
Francis Gruber, 1912-1948

Sobre el refugio

"Acerca tu silla al borde del precipicio, que voy a contarte una historia", Scott Fitzgerald.

Todos tenemos historias que contar, pero pocos nos atrevemos a escribirlas. Todos tenemos refugios donde esconderlas, pero pocos nos atrevemos a descubrir su ubicación. Aquí te muestro el mío, mi refugio, el lugar donde se esconde mi imaginación.

Algo sobre mí

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Córdoba, Spain
No tengo estudios importantes, pero si una imaginación desbordante. Me he dejado llevar siempre por mi inteligencia emocional, antes que por la que me otorgaron los libros. En parte, porque no tuve más remedio que hacerlo. Los libros de texto no llenarán jamás los estómagos hambrientos.

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