Para Sandra, hermosa xana, poseedora de la frescura del bosque asturiano.
Crece alta la hierba alrededor de tu silueta. Acaricia tus caderas, movidas por una brisa fresca. No te causa placer su ligero roce. Te rodean hermosas flores de distintos colores y tonalidades, desde el violeta más intenso al amarillo más tenue. Pero las miras sin ningún resquicio de asombro. Ya no se humedecen tus ojos con la visión de las cosas bellas. No se estremece tu pecho con la fragancia que desprenden sus pétalos. Tus labios son líneas inquebrantables. Muy atrás quedó tu sonrisa, en algún lejano momento de felicidad se quedó parada.
Tu mirada perdida intenta descifrar pensamientos abstractos, fugaces como meteoros. Tus ojos viajan más allá de la estratosfera. Más allá de los planetas que nos rodean. Más allá de una vida entera. Tus pupilas reflejan instantes pasados, recuerdos rotos, destrozados. ¿Qué esperas ahí tumbada con la mano alzada? No podrás agarrar el viento con tu mano. Roza mis dedos, ansío devolverte la mirada. Tu brazo vuelve a caer al suelo.
Parpadeas… Se desprende una lágrima, la última que te quedaba. Baja despacio por tu sien, arrastrando tu alma. Y cae a la tierra húmeda. Tras cinco espesos segundos, comienza a vibrar la quietud que te envuelve. Tu cabeza se gira para ver germinar los primeros brotes de la enredadera. Crece rápida a tu lado, ansiosa por tocar tu carne. Ya rozan sus primeras hojas tu cuello. Su tacto es desagradable, malicioso. Avanza con venenoso paso, lacerando tu mejilla con sus espinas ponzoñosas. Lame tu cutis descolorido, absorbiendo restos de caricias olvidadas. Sube hasta tus ojos. Se hunden tus pestañas por el peso de las hojas. Aparecen las ojeras, el agotamiento. Se alimenta la enredadera.
Apártala de tu cara. Mírame.
Comienzan a brotar ramificaciones. Se dirige una hacia tu precioso pelo. Allí apaga su brillo, lo reseca, lo hiere de muerte. Otra decide rodear tu cuello, aumentando pacientemente la presión del abrazo. Sientes ahogo, el nudo en la garganta se torna insoportable. Abres tu boca para devorar oxígeno. Pero llega poco aire a los pulmones. Contemplas la posibilidad de admitir tu derrota. Vencida el mismo día en que todo empezó a ir mal, cuando te creíste olvidada por los demás. Cuando empapaste la almohada con lágrimas agrias.
Empero, mi mano siempre estuvo tendida frente a ti. Cógela.
Se alimenta la enredadera de tu voluntad quebrantada. Se expande, envolviendo tu agotado cuerpo. Sus espinas te inyectan su corrosivo veneno. Por tus venas comienzan a fluir el hastío y la melancolía; por tu carne, la desazón.
Oye mi voz, siempre estuvo aquí. Escúchame.
No te dejes vencer por la enredadera. No dejes que su mortal silencio entre por tus oídos. No dejes que su mala simiente llegue a tu corazón. No dejes que te aparte de ti misma. Destrúyela. Reseca sus hojas con gratos recuerdos. Haz regresar tu bella sonrisa para detener su avance. Que vuelva el brillo de tus ojos, que la fulminen tus pupilas dilatadas de emoción. Deja entrar de nuevo las vetadas fragancias a tu pecho. Que regrese aquel agradable cosquilleo a tu estómago, que se propague a tu piel. Deja que vuelva la calidez a tus dedos, para que tus manos aparten el hiriente tallo. Arranca la enredadera, apártala a un lado, que con sus ramas fabricaremos guirnaldas de miradas francas y risas sinceras.
Levántate. Coge mis manos, siempre estuvieron aquí. Mira mis ojos, nunca dejaron de contemplarte. Escucha mi voz, nunca dejó de hablarte. Ven, regresemos juntos a tu vida. Y si vuelve la enredadera que nos sorprenda unidos, que con nuestras lágrimas de júbilo marchitaremos sus ansias de devorarnos.
Crece alta la hierba alrededor de tu silueta. Acaricia tus caderas, movidas por una brisa fresca. No te causa placer su ligero roce. Te rodean hermosas flores de distintos colores y tonalidades, desde el violeta más intenso al amarillo más tenue. Pero las miras sin ningún resquicio de asombro. Ya no se humedecen tus ojos con la visión de las cosas bellas. No se estremece tu pecho con la fragancia que desprenden sus pétalos. Tus labios son líneas inquebrantables. Muy atrás quedó tu sonrisa, en algún lejano momento de felicidad se quedó parada.
Tu mirada perdida intenta descifrar pensamientos abstractos, fugaces como meteoros. Tus ojos viajan más allá de la estratosfera. Más allá de los planetas que nos rodean. Más allá de una vida entera. Tus pupilas reflejan instantes pasados, recuerdos rotos, destrozados. ¿Qué esperas ahí tumbada con la mano alzada? No podrás agarrar el viento con tu mano. Roza mis dedos, ansío devolverte la mirada. Tu brazo vuelve a caer al suelo.
Parpadeas… Se desprende una lágrima, la última que te quedaba. Baja despacio por tu sien, arrastrando tu alma. Y cae a la tierra húmeda. Tras cinco espesos segundos, comienza a vibrar la quietud que te envuelve. Tu cabeza se gira para ver germinar los primeros brotes de la enredadera. Crece rápida a tu lado, ansiosa por tocar tu carne. Ya rozan sus primeras hojas tu cuello. Su tacto es desagradable, malicioso. Avanza con venenoso paso, lacerando tu mejilla con sus espinas ponzoñosas. Lame tu cutis descolorido, absorbiendo restos de caricias olvidadas. Sube hasta tus ojos. Se hunden tus pestañas por el peso de las hojas. Aparecen las ojeras, el agotamiento. Se alimenta la enredadera.
Apártala de tu cara. Mírame.
Comienzan a brotar ramificaciones. Se dirige una hacia tu precioso pelo. Allí apaga su brillo, lo reseca, lo hiere de muerte. Otra decide rodear tu cuello, aumentando pacientemente la presión del abrazo. Sientes ahogo, el nudo en la garganta se torna insoportable. Abres tu boca para devorar oxígeno. Pero llega poco aire a los pulmones. Contemplas la posibilidad de admitir tu derrota. Vencida el mismo día en que todo empezó a ir mal, cuando te creíste olvidada por los demás. Cuando empapaste la almohada con lágrimas agrias.
Empero, mi mano siempre estuvo tendida frente a ti. Cógela.
Se alimenta la enredadera de tu voluntad quebrantada. Se expande, envolviendo tu agotado cuerpo. Sus espinas te inyectan su corrosivo veneno. Por tus venas comienzan a fluir el hastío y la melancolía; por tu carne, la desazón.
Oye mi voz, siempre estuvo aquí. Escúchame.
No te dejes vencer por la enredadera. No dejes que su mortal silencio entre por tus oídos. No dejes que su mala simiente llegue a tu corazón. No dejes que te aparte de ti misma. Destrúyela. Reseca sus hojas con gratos recuerdos. Haz regresar tu bella sonrisa para detener su avance. Que vuelva el brillo de tus ojos, que la fulminen tus pupilas dilatadas de emoción. Deja entrar de nuevo las vetadas fragancias a tu pecho. Que regrese aquel agradable cosquilleo a tu estómago, que se propague a tu piel. Deja que vuelva la calidez a tus dedos, para que tus manos aparten el hiriente tallo. Arranca la enredadera, apártala a un lado, que con sus ramas fabricaremos guirnaldas de miradas francas y risas sinceras.
Levántate. Coge mis manos, siempre estuvieron aquí. Mira mis ojos, nunca dejaron de contemplarte. Escucha mi voz, nunca dejó de hablarte. Ven, regresemos juntos a tu vida. Y si vuelve la enredadera que nos sorprenda unidos, que con nuestras lágrimas de júbilo marchitaremos sus ansias de devorarnos.
Jesús María Rodríguez Ojeda
Imagen:Ofelia (tumbada en el prado), 1905
John William Waterhouse, Inglaterra (1849-1917)




