Amanece este cuerpo frío,
derrotado, dolorido.
Golpeado por tardes sin piel,
ni caras, ni miradas.
La cama me sostiene,
no volveré a caer al techo.
Siento el abrazo lacerante de esta sábana
que me quema, que me abrasa.
Junto a mí, ella tras el cristal
y un beso de papel mate.
Mis brazos estirados, inalcanzable retrato.
No rozan mis dedos aquel verano fugaz,
aquella noche, aquel vestido azul.
Me hundo en la almohada,
impregnada en aroma de noches sin fin,
restos de pelo, sudor y carmín.
El despertador hace añicos su recuerdo,
debo retomar el camino.
Y una vez más,
salgo al encuentro de nada
sin dar tregua a la nostalgia,
pues olvidar no me calma.

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