El refugio de mis palabras

Aquí se esconde mi imaginación, a la espera de tu llegada


Pareces feliz. Tus ojos brillan, tus labios parecen trazar una sonrisa casi olvidada. Pareces danzar en aptitud relajada, girando sobre el eje de tus piernas. Pareces feliz, despreocupada. ¿Regresaron las caricias a tu vida? ¿Se alejaron las muecas de dolor, el miedo y los gritos desesperados? Tu rostro parece responder sí. Todos los músculos de tu cuerpo se han liberado de su permanente tensión. Ni recordabas lo que era la tranquilidad.

Noviazgo hipócrita. Sus caricias escondían un futuro cruel. Su voz ocultaba un ruido estridente, demoledor, que aumentaría de volumen cuando pretendieras sonreír. Serías víctima de su mente acomplejada, de su amorfa imaginación. Su aliento de taberna viciaría el aire de la casa, dificultando tu respiración. Su aliento de taberna envenenaría tus labios cuando olvidara destrozarte. Y, cuando le apeteciera, destruiría tu orgullo con el chirrido de los muelles de la cama.


Eran tan bellos tus movimientos. Caminabas despacio, cadenciosa de caderas. Tus pasos evitaron siempre cualquier tropiezo. De fácil sonrisa, contagiabas tu alegría en momentos de melancolía. Tus verdes iris iluminaban todo lo que en ellos se reflejaba. Tu boca, húmedo instrumento de persuasión, perfecta vocalizadora de encantadores discursos. Jamás escondiste tu piel bajo tomos de maquillaje innecesario. Eras preciosa en tu estado natural. No perdías el tiempo justificando tus errores, ahorrando así palabras y segundos. Eras hermosa, pero tu belleza atrajo fealdad; tu bondad, malicia.

Aquel día podrías haberte maquillado, haber llegado más tarde de lo habitual o no haber aparecido. Pero eras la persona sobre la que gravitaba todo, tenías que estar siempre presente, siempre puntual. Tus amigas se desesperaban si no les llegaba tu risa. Y llegaste. Y le conociste. Fueron sus ojos. Te viste comprendida en su mirada. Su sonrisa te hacía temblar; su conversación te calmaba. Bailabas pegada a él, sin descanso, sin alejarte de sus brazos. Conciertos, veladas de luna llena, empacho de palomitas y pasaron los años. Vuestras manos se unieron en un sí quiero con testigos y música de cámara.

Pero transcurrieron largas horas, días, meses... Y su risa se tornó cáustica. Sus ojos azules perdieron color, se volvieron cínicos. Sus caricias rasgaban tu piel. Perdonaste la primera bofetada. Se volvieron más violentos sus gestos. Las manos abiertas se cerraron para dar puñetazos; los pies ya no bailaban, daban patadas. Incluso su voz te asestaba latigazos al hablar. En su hálito resurgía una y otra vez su corazón putrefacto. Tuviste esperanzas de cambio, pero ignorabas que cuando la bestia vence al hombre es imposible aplacarla. Entre besos agrios y palizas, llegaste a ser madre de un no nacido, víctima de una violenta borrachera ajena.

Venus, fuiste presa de un depredador de sentimientos, carnívoro sine anima que fue devorando poco a poco tu paz. Venus esculpida a golpes de nudillos, tu belleza se fue evaporando con las lágrimas.

Pero, aquella noche, sus nudillos destrozaron tu paciencia.

Afuera se escuchaba la sonata de un grillo solitario, mientras tú caminabas hacia la cocina, cojeando, con la cara ardiendo aún por los golpes. El reloj de pared marcaba el ritmo de las pulsaciones de dolor de la mandíbula. Abriste el cajón. No dudaste ni un instante para cogerlo. Dieciséis centímetros de acero
afilado. Tus ojos amoratados se reflejaron en el metal. Te moviste despacio hasta el dormitorio, aferrada al puño del cuchillo. Desde la puerta abierta pudiste ver su cuerpo tendido en la cama. Te había infligido dolor hasta cuando dormía, pero ahora sólo sentías desprecio, ansias por liberarte del miedo. Entraste en la habitación casi sin poder respirar. Te costaba avanzar, tus piernas pesaban toneladas. Él estaba roncando, durmiendo plácidamente, abarcando su despreciable cuerpo todo el colchón.

Dormía, soñaba como cualquier mente inocente. Y en su conciencia lo era, inocente rodeado de culpables. Todos eran culpables para él; pero una sola la condenada. Ni sus gritos, ni sus lágrimas, ni sus súplicas le hacían parar sus violentos castigos. Cuanto más gritaba ella, más golpeaba él, como el perro de presa al que le cuesta soltar a su víctima. Él poseía las imperfecciones que ella no tenía, y eso le carcomía la mente. No podía soportar verla tan perfecta. Tenía que equipararla a su insignificancia, aunque fuera a golpes o a insultos. Sólo era una mujer, le resultaba inaudito verla superior a él. Marchitaba su cerebro en los bares, girando una y otra vez sobre la misma idea. Había llegado a despreciar su sonrisa, sus graciosos gestos y su bondad. Ya no soportaba verla. Ya no soportaba escucharla. Ya no soportaba su respiración. Cada día, sus manos se acercaban más a su cuello. Y cualquier noche apretarían su garganta hasta hacerla exhalar su última bocanada de aire. Tal vez, cualquier noche...

Seguía roncando, gruñendo como un cerdo en su lodazal, cuando rozaste con tus piernas la colcha de la cama. Su cara tenía las marcas recientes de tus uñas. Su mano, manchada con la sangre de tu pómulo, descansaba sobre su pecho. Su expresión era tranquila y relajada, pero eso no te hizo dudar. Levantaste el cuchillo hasta donde las articulaciones de los brazos te dejaron.

Abrió los ojos y vio el cuchillo por encima de su cabeza. Por un momento creyó que ella vacilaría, que tiraría el arma a un lado y se abrazaría a él pidiendo perdón. Pero se equivocó...

Se quedó mirándote con una sonrisa estúpida en los labios. Aguantaste su mirada sin temor, manteniendo la fuerza de los brazos. Y en cuanto apartó su mano del pecho, bajaste el cuchillo con potencia y precisión. Él se giró lo suficiente para que la hoja entrara entre dos costillas y atravesara el corazón.

No te quedaste para verlo morir. Lo dejaste allí tirado con el cuchillo en el pecho, ahogado en su propia sangre, víctima de su mal carácter. Saliste de la casa llorando, sin fuerzas para volver la vista atrás. Corriste, caminaste y volviste a correr. Tus rodillas sangraban de tantas veces que habías tropezado. Llegó un momento en el que ya no podías más, sin ganas ya de andar. Entonces te diste cuenta de que estabas en el puente. Rozaste el pretil de piedra con los dedos; la piedra estaba fría. Te asomaste; la corriente bajaba rápida. Sabías que los hombres te juzgarían por el crimen de otro hombre, continuando así tu condena. Contemplaste la luna llena; te sentiste tan sola como ella. Se liberó una lágrima.

Hermosa Venus, tu cuerpo acarició por última vez el viento mientras caías al agua del río. No luchaste por salir cuando te arrastró la corriente. Te hundiste. Te abandonaron las fuerzas demasiado pronto.

Y escapaste.

Y pareces tan calmada ahora. No hay rastro de tristeza en tu cara, ni dolor en tu mirada. Ya no sufre tu cuerpo maltratado. Desapareció la ansiedad. Atrás quedó el miedo y la locura. Pareces tan feliz en tu inexistencia. Baila, Venus, baila todo lo que antes no te dejaron. Mientras danzas camino del mar, tu vida ha quedado resumida en una lágrima sobre el pretil del puente.


Jesús María Rodríguez Ojeda


Imagen: "Una furtiva lágrima III"
Nicoletta Tomas Caravia, Madrid 1963

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Sobre el refugio

"Acerca tu silla al borde del precipicio, que voy a contarte una historia", Scott Fitzgerald.

Todos tenemos historias que contar, pero pocos nos atrevemos a escribirlas. Todos tenemos refugios donde esconderlas, pero pocos nos atrevemos a descubrir su ubicación. Aquí te muestro el mío, mi refugio, el lugar donde se esconde mi imaginación.

Algo sobre mí

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Córdoba, Spain
No tengo estudios importantes, pero si una imaginación desbordante. Me he dejado llevar siempre por mi inteligencia emocional, antes que por la que me otorgaron los libros. En parte, porque no tuve más remedio que hacerlo. Los libros de texto no llenarán jamás los estómagos hambrientos.

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