Me introduzco por los dedos de tu pie izquierdo. Asciendo hasta tu rodilla, poco a poco. Me entretengo en la redondez de tu rótula. Desciendo entre la suave piel de tu muslo, sin prisas. Me dejo atrapar por tus ingles, perpetuo instante de placer. Cuando me sueltas, sigo adelante y salgo por tu ombligo. Gateo por tu vientre. Acaricio tus costillas, una a una, minuciosamente.
Y dejo tatuado mi corazón en tu seno.
Me arrastro serpenteando hasta tu cuello. Me engancho a tu fino mentón para alcanzar tu boca.
Y silencio mi voz en tus labios.
Me absorbes, me tragas. Viajo por tu tráquea. Doy un fuerte soplido. Y atraviesa mi aire el esófago, llenando tus latidos. Yo sigo mi camino descendente, acariciando tu interior. Por fin, llego a tu estómago y me disuelvo, pero mi legado se ha quedado en tu corazón...
...Para siempre.
Y dejo tatuado mi corazón en tu seno.
Me arrastro serpenteando hasta tu cuello. Me engancho a tu fino mentón para alcanzar tu boca.
Y silencio mi voz en tus labios.
Me absorbes, me tragas. Viajo por tu tráquea. Doy un fuerte soplido. Y atraviesa mi aire el esófago, llenando tus latidos. Yo sigo mi camino descendente, acariciando tu interior. Por fin, llego a tu estómago y me disuelvo, pero mi legado se ha quedado en tu corazón...
...Para siempre.
Jesús María Rodríguez Ojeda
Imagen: "El beso", 1908
Gustav Klimt, 1862-1918


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